La experiencia del tiempo en la depresión
En algunas depresiones aparece una queja difícil de precisar: las horas no pasan. La persona puede mirar el reloj, recordar a qué hora se levantó y llegar puntualmente a una cita. Sin embargo, un rato a solas en casa le resulta interminable. No está diciendo necesariamente que haya perdido la capacidad de calcular cuánto dura un minuto. Habla de otra cosa, aunque tenga que utilizar la misma palabra, tiempo, para explicarla.
Un trabajo publicado en 2015 permite hacerse una idea de la diferencia. Sven Thönes y Daniel Oberfeld reunieron los resultados de dieciséis investigaciones, con 433 participantes con depresión y 485 personas de comparación. En conjunto, los participantes deprimidos referían que el tiempo transcurría más despacio. Sin embargo, al analizar las pruebas en las que se les pedía estimar, producir o reproducir intervalos, los investigadores no encontraron diferencias estadísticamente significativas entre los grupos. Era posible experimentar un día insoportablemente lento sin fallar de manera sistemática al calcular la duración de un estímulo.
Una de esas tareas puede consistir en escuchar dos señales y decir cuántos segundos han transcurrido entre ellas. Otra pide pulsar un botón cuando uno cree que ha pasado cierto tiempo. Son experimentos útiles, pero sus resultados no resuelven lo que quiere decir alguien cuando afirma que la mañana se le ha hecho eterna. Tal vez estime bien diez segundos y, aun así, no encuentre la manera de llenar la tarde. El intervalo que se mide en el laboratorio y el tiempo que se soporta o se aprovecha durante la vida cotidiana no son simplemente dos duraciones de distinto tamaño.
La psicopatología se ocupa de esta diferencia desde hace casi un siglo. Algunos de sus autores clásicos estudiaron lo que llamaban tiempo vivido: no el orden cronológico de los sucesos, sino la relación que mantenemos con lo que acaba de ocurrir y con lo que esperamos que suceda después. Thomas Fuchs retomó esa tradición en un trabajo de 2013. Propuso que, normalmente, nos implicamos en actividades que nos llevan de una situación a otra sin necesidad de pensar a cada momento en el paso del tiempo. Cuando esa implicación falla, el tiempo puede convertirse en algo que cuesta atravesar.
Pensemos en una mañana corriente. Una persona desayuna, recoge la cocina, sale a comprar, responde a una llamada y empieza a preparar la comida. Ninguna de esas acciones necesita ser especialmente agradable. Se encadenan porque unas cosas llevan a otras: hay algo pendiente, alguien espera, se improvisa una pequeña tarea. Ahora imaginemos que cada movimiento exige un esfuerzo enorme y que ninguna actividad conduce con naturalidad a la siguiente. La hora de comer llegará igualmente, pero esa mañana puede sentirse detenida. No porque el reloj funcione de otra manera, sino porque la persona ya no consigue acompañar con sus actos lo que el día le va pidiendo.
Fuchs llamó desincronización a una parte de este problema. No vivimos en un tiempo puramente individual. Los horarios, las conversaciones, el trabajo, los encuentros y las obligaciones nos sitúan continuamente en relación con el ritmo de los demás. En la depresión, esa coordinación puede volverse penosa. Mientras alrededor siguen ocurriendo cosas, uno siente que llega tarde a todo, incluso cuando nadie le está exigiendo nada extraordinario. No describe todas las depresiones y tampoco demuestra qué las causa. Permite, eso sí, distinguir la lentitud del pensamiento o de los movimientos de otra queja: sentirse rezagado respecto a la vida que continúa alrededor.
Pero quizá lo más desconcertante no sea la lentitud de las horas, sino lo que sucede con el futuro. Casi siempre damos por hecho que mañana puede ser diferente de hoy. Reservar unas entradas, proponer una comida para el domingo o empezar un libro significa contar con la posibilidad de que algo nos interese cuando llegue el momento. Durante una depresión, esa posibilidad puede debilitarse de una forma que no equivale a pensar racionalmente que las cosas van a salir mal. Una persona puede aceptar que dentro de un mes habrá cambiado de estación, de lugar o de trabajo y, sin embargo, no conseguir imaginar que ella vaya a sentirse de otra manera. El futuro existe en el calendario, pero deja de ofrecerle alternativas creíbles.
El filósofo Matthew Ratcliffe ha insistido en que estas experiencias no se reducen a la sensación de que el tiempo discurre lentamente. En 2012 describió distintas alteraciones cualitativas de la experiencia temporal en la depresión y advirtió que las categorías diagnósticas convencionales no reflejan bien esas diferencias. Es una observación importante. La frase «no veo futuro» puede ser una forma de expresar pesimismo, pero también puede referirse a una alteración más básica: la dificultad de experimentar el futuro como algo abierto, un lugar en el que todavía podrían pasar cosas distintas.
En determinadas formas de melancolía ocurre además algo llamativo con el pasado. Un error antiguo, un conflicto que parecía cerrado o una pérdida pueden seguir presentes como si el tiempo no hubiera pasado sobre ellos. La culpa no se recuerda simplemente: continúa pesando. Fuchs describió esta relación entre un pasado que no termina de quedar atrás y un futuro que parece condenado a repetirlo. La formulación ayuda a comprender algunas experiencias muy intensas, aunque sería un error convertirla en la explicación de cualquier tristeza, remordimiento o depresión.
Estas descripciones no proceden únicamente de la especulación filosófica. Un estudio cualitativo con diecisiete jóvenes en transición a la edad adulta atendidos por depresión en un hospital de China, publicado electrónicamente en 2025 y recogido en una revista en 2026, encontró relatos de tiempo enlentecido, dificultades para seguir el ritmo de los demás y cambios en la relación con el pasado y el futuro. Los investigadores identificaron también alteraciones en la experiencia del espacio y del propio cuerpo. El trabajo no permite calcular cuántas personas deprimidas experimentan esos fenómenos: la muestra era pequeña y el procedimiento buscaba precisamente explorarlos en profundidad. Su interés está en mostrar que preguntar por el tiempo puede abrir descripciones que no aparecen cuando solo preguntamos por el estado de ánimo.
Hay que ser cuidadosos incluso con la idea de que el tiempo se ralentiza en la depresión. En 2014, Oberfeld y sus colegas compararon a veintidós personas con depresión y veintidós controles mediante diversas tareas. No encontraron diferencias claras ni en la estimación de intervalos ni, en aquella muestra, en las valoraciones del paso subjetivo del tiempo. El metaanálisis del año siguiente encontró un efecto en el relato de lentitud, pero tampoco una alteración consistente de las mediciones de duración. Las muestras, las tareas y las experiencias de los participantes no son intercambiables. Lo que para algunas personas constituye un rasgo central de su sufrimiento puede faltar por completo en otras.
En la consulta, por eso, quizá no baste con preguntar si el tiempo pasa deprisa o despacio. Conviene saber qué ocurre durante esas horas: si la persona espera angustiada a que termine el día, si ha dejado de implicarse en lo que antes hacía, si siente que todos avanzan mientras ella se queda atrás o si ya no logra imaginar que su situación pueda cambiar. Cada respuesta describe una experiencia diferente, aunque todas puedan comenzar con la misma frase: «Las horas no pasan».
Referencias
Fuchs, T. (2013). Temporality and psychopathology. Phenomenology and the Cognitive Sciences, 12, 75–104. https://doi.org/10.1007/s11097-010-9189-4
Ratcliffe, M. (2012). Varieties of temporal experience in depression. The Journal of Medicine and Philosophy, 37(2), 114–138. https://doi.org/10.1093/jmp/jhs010
Oberfeld, D., Thönes, S., Palayoor, B. J., y Hecht, H. (2014). Depression does not affect time perception and time-to-contact estimation. Frontiers in Psychology, 5, 810. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2014.00810
Thönes, S., y Oberfeld, D. (2015). Time perception in depression: A meta-analysis. Journal of Affective Disorders, 175, 359–372. https://doi.org/10.1016/j.jad.2014.12.057
Qin, Y., Zhou, Y., Wang, W., et al. (2026). Abnormal time and space experiences among transitional-age youth with a major depressive disorder: A phenomenological qualitative study. Journal of Advanced Nursing, 82(8), 7967–7975. https://doi.org/10.1111/jan.70362
