La amenaza interior
En febrero de 2013 escribí en este blog sobre la amígdala y la corteza prefrontal. Para explicar cómo cambia nuestra respuesta ante el peligro utilicé dos escenas con leones. En una, el animal parecía saltar hacia nosotros desde la pantalla de un cine en tres dimensiones. En la otra, aparecía de noche junto a una tienda de campaña, durante un safari. El susto inicial podía ser parecido. Lo que hacíamos después dependía, y mucho, de dónde estuviéramos.
Aquella entrada trataba de explicar por qué reconocer una señal amenazante no basta para entender el miedo. También cuenta el contexto. Utilicé la amígdala y la corteza prefrontal para describir algunos de los circuitos implicados, aunque hoy sería todavía más cuidadoso con la imagen de un cerebro dividido entre un detector de peligros y otro que decide si debemos asustarnos. Las cosas no funcionan mediante dos centros que se turnan el control.
El 3 de febrero de aquel mismo año, unas semanas antes de que publicara esa entrada, un equipo encabezado por Justin Feinstein había dado a conocer un experimento que obligaba a introducir una tercera escena. Esta vez no había ningún león. Ni siquiera había un peligro visible.
Los investigadores estudiaron a tres mujeres con lesiones bilaterales de la amígdala, consecuencia de una enfermedad poco frecuente llamada Urbach-Wiethe. Una de ellas, conocida en la literatura científica como SM, llevaba años participando en investigaciones sobre el miedo. En un estudio anterior la habían llevado a una tienda de animales exóticos y a una atracción de terror. SM se acercaba a las serpientes con curiosidad, quería tocarlas incluso cuando le advertían de los riesgos y atravesaba la atracción sin mostrar el miedo habitual. Comprendía que una serpiente podía ser peligrosa; sin embargo, esa comprensión apenas iba acompañada de temor.
Con esos antecedentes, era razonable esperar que SM reaccionara con poco miedo ante otras situaciones amenazantes. Los investigadores quisieron comprobar qué sucedía si, en lugar de presentarle un peligro desde el exterior, alteraban de forma brusca una señal procedente de su propio organismo.
Le hicieron inhalar una mezcla gaseosa con un 35 % de dióxido de carbono. El CO₂ puede provocar una necesidad intensa de respirar y desencadenar miedo y pánico. Contra lo que esperaban, SM experimentó un ataque de pánico. Los investigadores repitieron la prueba con otras dos pacientes, hermanas gemelas con lesiones amigdalares semejantes, y las dos también tuvieron ataques de pánico. En el grupo de comparación, formado por doce personas sin esas lesiones, tres reaccionaron de esa manera.
¿Qué había ocurrido? Durante años, los estudios de SM habían mostrado hasta qué punto la amígdala participa en las respuestas de miedo ante determinadas amenazas externas. Pero aquellas tres pacientes podían experimentar un miedo intensísimo cuando la alarma comenzaba con una alteración de la respiración. La conclusión no era que la amígdala careciera de importancia, sino que no resultaba imprescindible para toda experiencia de miedo.
Había, además, un detalle revelador. Antes de inhalar el gas, las pacientes mostraban menos de las respuestas fisiológicas anticipatorias que aparecían en el grupo de comparación mientras se preparaba la prueba. Después de la inhalación ocurría prácticamente lo contrario: el miedo y las reacciones respiratorias eran intensos. No respondían igual a la expectativa de lo que iba a suceder que a lo que empezaban a sentir dentro de su cuerpo.
Estamos acostumbrados a pensar en el miedo como una reacción ante algo: un animal, una amenaza, una persona que se aproxima. Pero también podemos asustarnos por las propias sensaciones corporales. A veces lo primero que llama nuestra atención es que el corazón late de una manera extraña o que no conseguimos respirar como esperábamos. Después llega el miedo, y con él la búsqueda de una explicación para lo que está pasando.
Esta posibilidad no había surgido de repente en 2013. Veinte años antes, Donald Klein había propuesto que algunos ataques de pánico podían relacionarse con una falsa alarma de asfixia: un sistema de vigilancia fisiológica que reaccionaría como si estuviéramos a punto de quedarnos sin aire. Era una hipótesis, no un mecanismo demostrado. El experimento de Feinstein no la confirmó, pero aportó una observación difícil de encajar en la idea de que todo miedo necesitaba pasar por la amígdala.
En 2016, otro estudio volvió a examinar a las dos hermanas. Esta vez los investigadores administraron isoproterenol, una sustancia capaz de acelerar el corazón y provocar sensaciones cardiorrespiratorias. Ambas experimentaron ansiedad, aunque solo una tuvo un ataque de pánico. La que no sufrió pánico apenas percibió la sensación de falta de aire durante la prueba. El resultado sugería que no importaba únicamente que el organismo cambiara: también podía importar cómo se percibían esos cambios.
Conviene no pedirles a estos experimentos más de lo que pueden ofrecer. Tres pacientes con lesiones cerebrales excepcionales no permiten explicar por sí solas todos los ataques de pánico, y una inhalación de CO₂ no es lo mismo que una crisis espontánea. Tampoco sabemos hasta qué punto el sistema nervioso de estas personas había desarrollado otras formas de responder al daño. Lo que sí mostraron fue que las lesiones amigdalares de aquellas pacientes no impedían, en esas circunstancias, sentir un miedo muy intenso.
Vuelvo entonces a los dos leones de mi antigua entrada. El de la película y el de la sabana servían para mostrar cómo el entorno cambia el significado de una amenaza. En el experimento de Feinstein no había nada semejante que mirar. El miedo apareció cuando cambió lo que las pacientes sentían en su interior. Y eso obliga a hacerse otra pregunta: cuando alguien describe una crisis de pánico, ¿qué ocurrió primero, el miedo a algo que estaba fuera o una sensación corporal que, de pronto, empezó a resultar aterradora?
Referencias
Feinstein, J. S., Adolphs, R., Damasio, A., y Tranel, D. (2011). The human amygdala and the induction and experience of fear. Current Biology, 21(1), 34–38. https://doi.org/10.1016/j.cub.2010.11.042
Feinstein, J. S., Buzza, C., Hurlemann, R., et al. (2013). Fear and panic in humans with bilateral amygdala damage. Nature Neuroscience, 16, 270–272. https://doi.org/10.1038/nn.3323
Klein, D. F. (1993). False suffocation alarms, spontaneous panics, and related conditions: An integrative hypothesis. Archives of General Psychiatry, 50(4), 306–317. https://doi.org/10.1001/archpsyc.1993.01820160076009
Khalsa, S. S., Feinstein, J. S., Li, W., Feusner, J. D., Adolphs, R., y Hurlemann, R. (2016). Panic anxiety in humans with bilateral amygdala lesions: Pharmacological induction via cardiorespiratory interoceptive pathways. The Journal of Neuroscience, 36(12), 3559–3566. https://doi.org/10.1523/JNEUROSCI.4109-15.2016
