El agotamiento y su época
En 1881, el neurólogo estadounidense George Miller Beard señaló cinco características de la civilización moderna que, según él, estaban enfermando los nervios: la máquina de vapor, la prensa periódica, el telégrafo, el desarrollo de las ciencias y la actividad intelectual de las mujeres.
La última resulta hoy difícil de leer sin cierta perplejidad. Nos recuerda hasta qué punto la medicina puede incorporar los prejuicios de su tiempo. Pero hay algo en el resto de la lista que también debería llamarnos la atención. Beard no se limitaba a observar que sus pacientes estaban cansados. Creía saber por qué lo estaban: la vida moderna consumía una cantidad de energía nerviosa que el organismo no conseguía reponer.
Llamó neurastenia a ese supuesto agotamiento. Bajo el diagnóstico cabían síntomas muy distintos: fatiga persistente, insomnio, dolores de cabeza, molestias digestivas, irritabilidad, dificultades de concentración. Su explicación era sencilla y tenía cierta fuerza intuitiva. Si una máquina se detiene cuando se queda sin combustible, ¿por qué no iba a suceder algo parecido con el sistema nervioso? El problema es que aquella reserva de «fuerza nerviosa» no llegó a demostrarse. La enfermedad ofrecía una explicación antes de que se hubiera comprobado su mecanismo.
Y aquí aparece la pregunta que me interesa. ¿Qué hacemos cuando reunimos bajo un nombre varios malestares y damos por supuesto que tienen el mismo origen? En el caso de Beard, llamar neurastenia al cansancio no era simplemente describirlo. Era atribuírselo a una civilización que, supuestamente, estaba exigiendo demasiado a sus habitantes.
No se trató de una ocurrencia pasajera. Durante décadas fue un diagnóstico frecuente. Beard lo relacionaba especialmente con las clases cultivadas y los profesionales sometidos al ritmo de la nueva economía. Pero las historias clínicas cuentan algo menos selectivo. Ruth Taylor estudió los registros del hospital de Queen Square, en Londres, y encontró numerosos pacientes de clase trabajadora. Desde finales del siglo XIX y durante las primeras décadas del XX, la neurastenia representó aproximadamente entre el 6 y el 11 % de las altas de aquel hospital.
Hacia 1930 el diagnóstico prácticamente desapareció de esos registros. No parece razonable pensar que, de pronto, hubieran desaparecido también el cansancio, el insomnio y el sufrimiento de quienes acudían al hospital. Taylor mostró que las categorías empleadas por los médicos habían cambiado y que muchos de aquellos malestares pasaron a describirse mediante diagnósticos psicológicos. Lo que había perdido vigencia era, al menos en parte, una manera de ordenar y explicar sus síntomas.
Casi un siglo después del libro de Beard, en 1974, Herbert Freudenberger describió el burnout entre trabajadores y voluntarios de centros asistenciales. Hablaba de personas muy implicadas en su tarea que acababan exhaustas, desmotivadas y con cambios en su manera de relacionarse con el trabajo. La palabra ya se utilizaba coloquialmente, pero a partir de entonces empezó a adquirir un sentido técnico.
La semejanza con la neurastenia resulta tentadora: otra época, otra forma de vida que parece consumir a las personas. Sería demasiado fácil, sin embargo, presentar el burnout como el nombre moderno de una antigua enfermedad. Beard atribuía el malestar a la civilización en su conjunto y proponía un mecanismo fisiológico. El burnout, tal como se define hoy, sitúa el problema específicamente en el trabajo y no presupone aquella pérdida de energía nerviosa.
La Organización Mundial de la Salud lo incluye en la CIE-11 como un fenómeno ocupacional, no como una enfermedad. La definición recoge tres dimensiones: agotamiento, distanciamiento o cinismo respecto al trabajo y disminución de la eficacia profesional. Y añade una limitación importante: no debe utilizarse para describir experiencias ajenas al ámbito laboral.
Esa precisión tiene sentido. Si una persona lleva meses soportando turnos imposibles, falta de autonomía y exigencias contradictorias, no sería muy útil responderle que todo se debe a su manera de gestionar las emociones. El concepto de burnout nos obliga a mirar también las condiciones de trabajo. Puede poner nombre a un problema que queda oculto cuando solo examinamos al individuo.
Pero imaginemos que esa misma persona empieza a dormir mal, deja de quedar con sus amigos y ya no disfruta de las cosas que le gustaban. Llega el sábado, no tiene que trabajar y, aun así, permanece abatida. Nos dice que está «quemada». ¿Qué sabemos realmente después de escuchar esa palabra? Sabemos algo acerca de cómo interpreta lo que le ocurre; todavía necesitamos averiguar qué le sucede.
Aquí aparece una dificultad que no conviene resolver con una definición. Christina Maslach y Michael Leiter han defendido la utilidad de distinguir el burnout de la depresión por su vinculación específica con el trabajo. Sin embargo, otros investigadores han señalado que los síntomas pueden solaparse mucho más de lo que sugiere esa separación. Renzo Bianchi y sus colaboradores estudiaron en 2021 catorce muestras, con 12.417 participantes, y encontraron una asociación muy elevada entre el agotamiento —la dimensión central del burnout— y los síntomas depresivos: una correlación de 0,80 tras corregir el error de medida.
Ese resultado pone en dificultades la idea de que se trata de experiencias claramente separadas. Pero tampoco demuestra que todas las personas con burnout padezcan una depresión. Una asociación estadística entre medidas de agotamiento y síntomas depresivos no sustituye a la evaluación de una persona concreta. La investigación obliga a tomar en serio el solapamiento, no a borrar por decreto la diferencia entre los conceptos.
Volvamos a quien se encuentra exhausto. Si el malestar está estrechamente ligado a su trabajo, necesitamos comprender qué ocurre allí y qué podría cambiar. Si la pérdida de interés, el abatimiento y otras dificultades se extienden al resto de su vida, debemos explorar también la posibilidad de una depresión. Y ambas cosas pueden estar ocurriendo a la vez. Elegir la palabra burnout no descarta un episodio depresivo, del mismo modo que diagnosticar una depresión no convierte en irrelevantes las condiciones laborales.
Lo que encuentro interesante al poner juntas la neurastenia y el burnout no es que antes y ahora nos cansemos. Es que las palabras con las que describimos ese cansancio dirigen nuestra atención hacia unas causas y no hacia otras. Beard veía una civilización que agotaba los nervios; hoy podemos ver un trabajo que desborda a quien lo realiza. En ocasiones, esa segunda mirada permite reconocer problemas reales que se habían pasado por alto. En otras, puede llevarnos a creer que ya hemos entendido el sufrimiento de alguien porque sabemos dónde trabaja.
Referencias
Beard, G. M. (1881). American Nervousness: Its Causes and Consequences. G. P. Putnam’s Sons. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/nlmcatalog/369115
Taylor, R. E. (2001). Death of neurasthenia and its psychological reincarnation: A study of neurasthenia at the National Hospital for the Relief and Cure of the Paralysed and Epileptic, Queen Square, London, 1870–1932. The British Journal of Psychiatry, 179(6), 550–557. https://doi.org/10.1192/bjp.179.6.550
Freudenberger, H. J. (1974). Staff burn-out. Journal of Social Issues, 30(1), 159–165. https://doi.org/10.1111/j.1540-4560.1974.tb00706.x
Maslach, C., y Leiter, M. P. (2016). Understanding the burnout experience: Recent research and its implications for psychiatry. World Psychiatry, 15(2), 103–111. https://doi.org/10.1002/wps.20311
Organización Mundial de la Salud (2019). Burn-out an occupational phenomenon: International Classification of Diseases. https://www.who.int/news/item/28-05-2019-burn-out-an-occupational-phenomenon-international-classification-of-diseases
Bianchi, R., Verkuilen, J., Schonfeld, I. S., Hakanen, J. J., Jansson-Fröjmark, M., Manzano-García, G., Laurent, E., y Meier, L. L. (2021). Is burnout a depressive condition? A 14-sample meta-analytic and bifactor analytic study. Clinical Psychological Science, 9(4), 579–597. https://doi.org/10.1177/2167702620979597
