Lo que un diagnóstico nos acostumbra a buscar, y a pasar por alto.
Una clasificación no solo sirve para poner nombre a lo que encontramos. También influye en dónde esperamos encontrarlo. Si aprendemos que un síndrome pertenece a una enfermedad determinada, es fácil que lo busquemos con especial atención en quienes ya tienen ese diagnóstico. La dificultad aparece cuando esa asociación se vuelve tan estrecha que los casos situados fuera de ella empiezan a parecernos otra cosa.
La catatonía estuvo estrechamente ligada a la esquizofrenia en las clasificaciones. Hoy se reconoce en diversos trastornos mentales y enfermedades médicas. Separar el síndrome de aquella asociación obliga a investigar de nuevo con qué procesos se relaciona. 1
La catatonía reúne alteraciones motoras, del habla y de la conducta: puede incluir inmovilidad, mutismo, posturas mantenidas, agitación o movimientos repetitivos. No equivale a quedarse quieto; un signo aislado no basta para establecer el síndrome. 1
Esto plantea una dificultad clínica inmediata. Cuando alguien no habla o no inicia un movimiento, vemos la ausencia de una respuesta; no vemos directamente la razón de esa ausencia. Interpretarla como rechazo, desinterés o falta de cooperación añade una explicación que la observación, por sí sola, no contiene. Tampoco sería correcto convertir cualquier silencio en catatonía. Lo que hace falta es una exploración que pueda distinguir esas posibilidades.
Kahlbaum describió la catatonía en 1874. Kraepelin la incorporó a la demencia precoz y, después, quedó incluida en la esquizofrenia de Bleuler. Esa trayectoria consolidó una asociación diagnóstica; no demostraba que los signos fueran exclusivos de ella. 1
El problema puede formularse sin juzgar a los autores del pasado desde una posición cómoda. Si un conjunto de signos se observa en una enfermedad, hay que averiguar si permite identificarla, si constituye una de sus posibles manifestaciones o si también aparece en procesos diferentes. Son hipótesis distintas. Una clasificación que incorpora el síndrome como subtipo puede dar la impresión de haber resuelto esa pregunta cuando todavía necesita investigación.
En 1976, Richard Abrams y Michael Taylor publicaron un estudio prospectivo que puso a prueba la asociación. Durante catorce meses identificaron a cincuenta y cinco personas ingresadas en dos unidades psiquiátricas que presentaban uno o más signos catatónicos. Solo cuatro cumplían sus criterios de investigación para esquizofrenia; más de dos tercios recibieron diagnósticos afectivos, habitualmente manía. El resultado ofrecía una objeción concreta a considerar aquellos signos como patrimonio de la esquizofrenia. 2
Hay un detalle metodológico importante: los autores seleccionaron personas con uno o más signos, no necesariamente con el umbral de una definición contemporánea del síndrome. Tampoco estaban midiendo su frecuencia en toda la población. El trabajo no permite trasladar sus proporciones sin más a la clínica actual. Su fuerza histórica está en mostrar que la pregunta podía investigarse fuera del grupo en el que se esperaba encontrar la catatonía. 2
A partir de ahí, el nombre deja de resolver la causa. Reconocer un síndrome catatónico en alguien con una alteración del ánimo no obliga a cambiar ese diagnóstico por esquizofrenia. Reconocerlo en alguien con una enfermedad médica tampoco convierte la evaluación psiquiátrica en innecesaria. La descripción señala un problema que necesita explicación; no reparte por sí sola al paciente entre dos especialidades.
Ahora bien, ampliar la categoría tampoco garantiza automáticamente que diagnostiquemos mejor. Si cualquier lentitud, silencio o repetición bastara para emplearla, perdería la capacidad de distinguir. El cambio histórico exige dos movimientos a la vez: buscar el síndrome en contextos más amplios y conservar rigor al decidir si está presente. Lo primero sin lo segundo sustituiría una restricción injustificada por una etiqueta demasiado fácil.
La observación tiene además una dimensión que no debería perderse entre las clasificaciones. Una persona que responde poco sigue siendo alguien a quien se debe hablar y atender. La dificultad para comunicar no autoriza a suponer ausencia de experiencia, del mismo modo que una conducta llamativa no revela de inmediato cuánto control existe sobre ella. Estas son limitaciones de lo que podemos inferir, no una teoría única sobre la vida interior de quien presenta catatonía.
La cuestión tiene consecuencias inmediatas: un cuadro nuevo de inmovilidad marcada, mutismo y dificultad para comer o beber requiere valoración médica urgente. Reconocer los signos y buscar sus causas forman parte de esa atención. 1
La historia de la catatonía muestra una tarea concreta para las clasificaciones: permitirnos reconocer sin decidir demasiado pronto qué estamos reconociendo. Haber separado el síndrome de su antigua asociación exclusiva no ha proporcionado una explicación completa de todos los casos. Ha hecho posible investigar por qué aparecen signos semejantes en condiciones diferentes. Esa pregunta se volvía mucho más difícil cuando el nombre parecía traer consigo la respuesta.
Referencias
1. Rogers JP, et al. Evidence-based consensus guidelines for the management of catatonia: Recommendations from the British Association for Psychopharmacology. Journal of Psychopharmacology. 2023;37(4):327–369. Consultar fuente
2. Abrams R, Taylor MA. Catatonia. A prospective clinical study. Archives of General Psychiatry. 1976;33(5):579–581. Consultar fuente
Lectura relacionada: Fiabilidad, validez y utilidad de la clasificación psiquiátrica.
