Psiquiatría | Conceptos

Historia, filosofía y psicopatología

Iván Lerma Carrillo · Médico psiquiatra


La parálisis general y el problema de la unidad de la enfermedad

Un microscopio y un pequeño círculo con formas abstractas, dibujados a tinta.

Cómo manifestaciones muy distintas llegaron a investigarse como un mismo proceso.

Si uno lee las antiguas descripciones de la parálisis general, puede tener la impresión de que los médicos están hablando de enfermedades distintas. Un enfermo se cree inmensamente rico; otro está abatido; en un tercero destacan la confusión y las pérdidas de memoria. La dificultad no consiste solo en encontrar un nombre para reunirlos. Consiste en decidir qué razones tenemos para pensar que padecen lo mismo. 1

El nombre tampoco ayudaba demasiado. Una parálisis hace pensar, ante todo, en la imposibilidad de moverse. Pero la historia que se estaba reconstruyendo incluía cambios mentales junto con alteraciones del habla y del movimiento. En 1822, Antoine Laurent Jessé Bayle reunió seis observaciones clínicas y anatomopatológicas y relacionó aquel proceso con una inflamación crónica de las meninges. Su propuesta no identificaba todavía el microorganismo que después resultaría decisivo. Intentaba establecer una unidad entre manifestaciones que podían parecer separadas. 2

Había al menos dos maneras de ordenar lo observado. Podíamos pensar que diferentes formas de enfermedad mental acababan complicándose con parálisis. O podíamos sospechar que el cambio mental y el motor pertenecían, desde el principio, a un mismo proceso. En la primera interpretación, un desenlace parecido no demostraba una causa compartida. En la segunda, diferencias llamativas en el estado mental no bastaban para separar las enfermedades.

Jules Falret discutió este problema en 1855. Objetaba que se incluyeran bajo «parálisis general» cuadros diferentes por la presencia de debilidad y dificultades en el habla. Una semejanza en unos pocos síntomas no garantizaba la unidad. Para distinguirlos importaban también su aparición, su secuencia y su evolución. En su revisión convivían las discrepancias entre quienes consideraban la parálisis una complicación de la locura y quienes la entendían como parte de una entidad propia. 3

No era una disputa que pudiera resolverse mirando mejor una sola visita. Un enfermo exaltado y otro deprimido se parecían poco en ese momento; seguir su evolución podía mostrar relaciones que la fotografía inicial ocultaba. Pero tampoco bastaba con que ambos empeorasen: enfermedades distintas pueden compartir un desenlace. Lo difícil era encontrar una combinación de observaciones que permitiera defender la agrupación sin convertirla en un cajón de síntomas.

En 1913, Hideyo Noguchi y John W. Moore comunicaron que habían encontrado Treponema pallidum, el agente de la sífilis, en doce de setenta cerebros examinados de personas diagnosticadas de parálisis general. Utilizaron una técnica de tinción con plata. La relación entre sífilis y parálisis general se discutía desde antes; la novedad era demostrar la presencia del microorganismo en el tejido cerebral de aquellos casos. 1

La diferencia era importante porque una infección puede dejar consecuencias sin que el agente siga presente en el órgano afectado. Encontrarlo allí proporcionaba una prueba de otra naturaleza. No era solo que los antecedentes y el curso sugiriesen una conexión: el examen del tejido aportaba algo que la descripción clínica no podía mostrar.

Los autores plantearon que una técnica mejor podría aumentar la detección. Los resultados negativos no demostraban por sí solos ausencia del microorganismo, aunque tampoco permitían darlo por observado en los casos restantes. 1

Entre los casos en los que lo encontraron había presentaciones depresivas, expansivas y confusionales. El resultado devolvía la pregunta del comienzo con información nueva: manifestaciones mentales muy diferentes podían aparecer en un proceso infeccioso compartido. No era necesario que los pacientes sintieran lo mismo para que existiera una relación etiológica entre sus cuadros. 1

Lo interesante de esta historia no es que un hallazgo de laboratorio volviera inútiles las observaciones anteriores. Sin una delimitación clínica, una historia del curso y pacientes a los que estudiar, no habría estado claro qué se buscaba explicar. La investigación del tejido permitió revisar aquella agrupación; no apareció en un vacío de descripciones.

Tampoco el desenlace autoriza a esperar que todos los problemas psiquiátricos se resuelvan mediante un descubrimiento equivalente. Eso sería extender la historia más allá de lo que demuestra. La dificultad que recorre esta historia es más concreta: ni el parecido entre síntomas basta para establecer una enfermedad, ni su diferencia basta para descartarla. En la parálisis general, la discusión cambió cuando fue posible relacionar la diversidad clínica con una observación que no dependía de cómo se manifestaba el estado de ánimo de cada enfermo.

Referencias

1. Noguchi H, Moore JW. A demonstration of Treponema pallidum in the brain in cases of general paralysis. Journal of Experimental Medicine. 1913;17(2):232–238. Consultar fuente

2. Pérez-Trullén JM, Giménez-Muñoz Á, Campello I, Chárlez L. General paresis or Bayle disease. Neurosciences and History. 2015;3(4):147–153. Investigación histórica utilizada para las observaciones de Bayle. Consultar fuente

3. Falret J. Des diverses paralysies générales (1855). En: Études cliniques sur les maladies mentales et nerveuses. Paris: J.-B. Baillière et fils; 1890:207–221. Consultar fuente

Lectura relacionada: Fiabilidad, validez y utilidad de la clasificación psiquiátrica.

Iván Lerma Carrillo · Historia, filosofía y psicopatología