Qué cambia cuando el café sabe igual, pero ya no se disfruta
Imaginemos que alguien nos dice que el café de la mañana sigue teniendo el mismo sabor, pero que ya no le produce ningún placer. Reconoce su amargor, su temperatura y su aroma. Sabe que antes esperaba ese momento. Ahora lo bebe sin encontrar aquello que lo hacía agradable. Es un ejemplo inventado, pero permite plantear una pregunta muy concreta: ¿qué ha cambiado cuando podemos reconocer una experiencia y, sin embargo, ya no la vivimos de la misma manera?
Al hablar del problema mente-cerebro aparecía ya la diferencia entre describir lo que sucede y comprender cómo se siente. En ese debate se utiliza la palabra qualia. Suena más extraña que el problema al que se refiere. Y aunque no sea un término diagnóstico, creo que ayuda a precisar algo que en psiquiatría no conviene dar por supuesto: saber qué le ocurre a alguien no equivale todavía a saber cómo lo está experimentando.
Qué son los qualia
Qualia es el plural de quale. En un sentido amplio, designa los aspectos cualitativos de la experiencia consciente: cómo se siente un dolor, cómo nos sabe algo amargo, cómo se nos presenta un color. No hablamos de las propiedades del café, sino de las de la experiencia de beberlo. Una descripción de su composición química y una descripción de su sabor responden a preguntas diferentes.1
Conviene aclarar desde el principio que el término es discutido. No es lo mismo señalar el carácter vivido de una experiencia que afirmar que posee propiedades privadas e intrínsecas, separables de cuanto las rodea. Aquí utilizaré qualia en el primer sentido, sin dar por resuelta la discusión sobre su naturaleza. Es una elección de vocabulario, no una teoría sobre cómo funciona la mente.
Saberlo todo sobre un color
En 1974, Thomas Nagel planteó una pregunta que se hizo célebre: ¿cómo es ser un murciélago? Conocer su anatomía y su forma de orientarse mediante la ecolocalización no nos proporciona sin más su punto de vista. Podemos imaginar cómo sería para nosotros volar o guiarnos por ecos; eso no asegura que imaginemos cómo es la experiencia del animal. El interés del ejemplo está en la distancia entre conocer un funcionamiento y acceder a una perspectiva.2
En 1982, Frank Jackson planteó un experimento diferente. Mary es una científica que vive en un entorno en blanco y negro. Por hipótesis, conoce toda la información física sobre la visión del color: no solo lo que sabemos hoy, sino todo cuanto habría que saber. Un día sale y ve el rojo. ¿Aprende algo? Parece que, al menos, descubre cómo se ve ese color. Jackson utilizó el experimento para argumentar que el conocimiento físico no agotaba todo lo que podía conocerse de la experiencia.3
Pero la conclusión no es obligatoria. Una respuesta sostiene que Mary adquiere capacidades nuevas —reconocer, recordar e imaginar el rojo— sin descubrir por ello un hecho ajeno al mundo físico.4 La diferencia entre conocer una descripción y vivir una experiencia no demuestra, por sí sola, que existan propiedades de la experiencia ajenas a lo físico. Para acercarnos a la clínica no necesitamos resolver esa disputa; sí evitar que una respuesta metafísica se cuele como si fuera una observación médica.
La objeción que conviene escuchar
Daniel Dennett fue especialmente crítico con la idea de los qualia. No negaba que tengamos experiencias, sino que pudieran aislarse las propiedades especiales que muchos filósofos les atribuían, separándolas de nuestros juicios, recuerdos y disposiciones. Tampoco consideraba inocente conservar el término con una definición aparentemente modesta. Su objeción nos obliga a preguntar si estamos describiendo algo con precisión o dando nombre a un residuo que nunca conseguimos delimitar.1
La advertencia importa para el ejemplo del café. Cuando alguien dice que sabe igual que antes, no disponemos de una grabación intacta del sabor antiguo para compararla con el actual. Tenemos su experiencia presente y su manera de recordarla y explicarla. Tomar en serio ese relato no exige convertirlo en una medición infalible. Exige averiguar qué distinción está intentando comunicar.
Cuando reconocer no es disfrutar
Volvamos entonces a la taza. En nuestro ejemplo, la persona distingue el amargor, pero ha perdido el disfrute que lo acompañaba. La palabra anhedonia nos permite nombrar una disminución del placer, aunque todavía tengamos que precisar cómo aparece. Puede resultar útil separar el reconocimiento de un sabor de su cualidad agradable: no es lo mismo identificar correctamente lo que estamos tomando que disfrutarlo.
También conviene distinguir el placer que sentimos al anticipar una actividad del que experimentamos cuando la realizamos. Un estudio de Haijing Wu y colaboradores, publicado en 2017, preguntó repetidamente por experiencias cotidianas durante una semana y encontró menor placer anticipatorio y consumatorio en el grupo con depresión mayor que en el grupo de comparación. Esto no describe a todas las personas con depresión, pero muestra que una queja general puede investigarse separando aspectos concretos.5
Hablar de qualia no explica la anhedonia. El concepto filosófico sirve aquí para dirigir la atención: además de registrar si alguien toma café, sale a pasear o escucha música, necesitamos saber cómo vive esas actividades. Y no debemos confundir esa vivencia con las ganas de iniciarlas, con lo que espera obtener de ellas o con el esfuerzo que le cuesta hacerlas.
Tampoco el ejemplo permite diagnosticar a nadie. Dejar de disfrutar de una bebida, aislado de todo lo demás, dice muy poco. Habría que situar el cambio en el tiempo, en las circunstancias y en el resto de la vida de esa persona. La utilidad de distinguir experiencias no está en convertir cada variación subjetiva en un síntoma, sino en evitar que una expresión imprecisa sustituya a la descripción de lo que ocurre.
Reconocer el mundo sin sentirlo familiar
Podemos llevar el mismo problema un poco más lejos. Imaginemos ahora a una persona que entra en su cocina y reconoce todos los objetos, pero la encuentra extrañamente distante, como un decorado. Sabe que es su casa; lo que falla no es necesariamente esa identificación. Ha cambiado la familiaridad con la que el entorno se le presenta. También este ejemplo es hipotético.
En la desrealización puede aparecer ese extrañamiento del entorno; en la despersonalización, la distancia puede afectar a la experiencia del propio cuerpo o de uno mismo. El juicio de realidad puede estar conservado: sentir que todo parece irreal no equivale a creer que el mundo ha dejado literalmente de existir.6 Una frase como «no me parece real» necesita aclaración antes de que decidamos qué significa.
Un estudio de la despersonalización distinguió experiencias corporales anómalas, embotamiento emocional, alteraciones en cómo se viven los recuerdos y extrañamiento del entorno.7 Ya no estamos hablando solamente del color de una pared o del sabor de una bebida, sino de cómo se articula una experiencia de conjunto. Por eso sería excesivo reducir toda la psicopatología a una colección de qualia: también importan el sentido, las relaciones entre experiencias y la manera de reconocernos en ellas.
Preguntar por lo que ha cambiado
En la consulta, esta discusión me interesa por una razón concreta: ayuda a conservar una pregunta que las etiquetas pueden dejar demasiado pronto atrás. Si alguien dice que ya no siente nada, ¿se refiere a que no disfruta, a que no se emociona, a que se nota distante de sí mismo? Son posibilidades diferentes, y no podemos elegir una únicamente porque encaje con nuestra primera impresión.
En la entrada sobre la utilidad de las clasificaciones psiquiátricas defendía la necesidad de un lenguaje compartido. Aquí aparece una condición de su buen uso: antes de agrupar experiencias bajo un nombre, hay que describirlas lo bastante bien. Dos personas pueden utilizar la misma palabra para dificultades distintas; una misma persona puede necesitar varias comparaciones hasta encontrar una formulación que le resulte adecuada.
Que el acceso sea indirecto no vuelve inútil esa tarea. Podemos preguntar por situaciones concretas, contrastar momentos y comprobar si hemos entendido la diferencia que se intenta explicar. Los registros repetidos de la experiencia, como los utilizados en el estudio del placer, permiten además investigar variaciones que una valoración global puede ocultar.5 No compartimos literalmente la vivencia del otro, pero podemos construir una descripción más precisa de ella.
Ante la taza del comienzo, no daría por terminada la conversación con la palabra anhedonia. Querría saber si el problema aparece también con otras actividades, si cambia a lo largo del día y si lo que se ha perdido es el disfrute, la expectativa o ambos. El interés de los qualia para la psiquiatría está en ayudarnos a sostener esa atención a la experiencia sin confundirla con una explicación de sus causas.
Referencias para seguir leyendo
2. Nagel, T. (1974). What Is It Like to Be a Bat? The Philosophical Review, 83(4), 435–450.
3. Jackson, F. (1982). Epiphenomenal Qualia. The Philosophical Quarterly, 32(127), 127–136.
