Cuando preguntamos por la ansiedad de alguien, podemos estar preguntando dos cosas distintas: cómo se encuentra ahora y cómo suele encontrarse. La respuesta puede ser bastante diferente. Antes de una operación, una persona habitualmente tranquila puede sentirse muy angustiada; alguien que se preocupa con facilidad puede estar relajado mientras hablamos con él.
Al hablar de estado nos referimos a cómo se encuentra una persona en un momento o periodo determinado. Un rasgo es una disposición relativamente estable a sentir, pensar o actuar de cierta manera. Charles Spielberger utilizó esta distinción para estudiar la ansiedad y desarrollar el Inventario de Ansiedad Estado-Rasgo, o STAI. Una parte pregunta por la intensidad de la ansiedad en un momento concreto; la otra, por la frecuencia con que solemos experimentarla. [1]
Ahora bien, ¿qué tiene que mantenerse para que podamos hablar de un rasgo? Una persona sociable puede pasar una reunión casi sin hablar y animarse mucho al encontrarse después con sus amigos. Aun así, podemos seguir considerándola sociable. Al decir que es sociable estamos hablando de una tendencia que reconocemos en su comportamiento, aunque no aparezca con la misma intensidad en cada ocasión.
William Fleeson estudió precisamente esta variación. En tres estudios publicados en 2001 pidió a los participantes que describieran su conducta varias veces al día durante dos o tres semanas. Las respuestas de una misma persona cambiaban mucho entre unas ocasiones y otras. Sin embargo, al reunir las observaciones, sus promedios eran muy estables durante ese seguimiento. Su propuesta fue describir los rasgos como distribuciones de estados. Es decir, interesa saber qué formas de comportarse aparecen en una persona y con qué frecuencia. Dos personas pueden mostrarse igual de reservadas en una reunión y diferenciarse bastante al observar cómo se comportan durante varias semanas. Compartir ese momento de reserva no las convierte en personas igualmente introvertidas. [2]
Pero la repetición tampoco resuelve todo. Si alguien vive durante meses bajo una amenaza, podemos encontrarlo preocupado cada vez que hablamos con él. Esas observaciones no nos dicen todavía cuánto de su inquietud corresponde a una propensión habitual y cuánto a la situación que se mantiene. Por eso la duración, por sí sola, no permite decidir que algo es un rasgo. Un estado puede prolongarse; no tiene que ser una reacción de unos minutos.
Las palabras rasgo y estado tampoco explican el origen de una característica. Llamarla rasgo no aclara cómo se ha formado ni significa que vaya a permanecer igual toda la vida. Un seguimiento de más de catorce mil adultos documentó cambios de personalidad a lo largo de la vida adulta. Podemos reconocer una tendencia durante una etapa y comprobar, años después, que se ha modificado. [3]
También puede ocurrir que lo que ha cambiado sea su estado. Una persona que atraviesa una depresión puede decir que se siente incapaz, que le cuesta relacionarse o que todo le preocupa. ¿Hasta qué punto esas respuestas describen cómo era antes del episodio? Si no conocemos ese periodo anterior, es fácil tomar por habitual algo que ha cambiado con la depresión. Un estudio de seguimiento en población neerlandesa comparó medidas de neuroticismo (la propensión a experimentar emociones negativas) y autoestima antes, durante y después de episodios depresivos. Algunas diferencias ya estaban presentes antes de que empezara el episodio; durante este aparecían cambios adicionales. Entre quienes habían remitido, las puntuaciones regresaron, en promedio, a sus niveles anteriores. En una misma evaluación podían estar reflejándose una disposición previa y una variación asociada al episodio. [4]
El estudio dejaba una cuestión sin resolver. No podía distinguir si esas variaciones eran cambios transitorios de la personalidad o cambios en la manera de percibirse y recordarse durante la depresión. Podemos responder de otra forma a un cuestionario porque nos comportamos de otra forma, pero también porque nos estamos viendo de otra manera. La puntuación cambia en ambos casos, aunque lo que ha cambiado no sea lo mismo. [4]
Preguntar cómo solemos ser ayuda a formular el problema, pero no lo resuelve por sí solo. Si toda la información procede del mismo periodo de malestar, todavía necesitamos averiguar si ese patrón estaba presente antes, en qué situaciones aparecía y qué ocurre cuando la persona vuelve a encontrarse mejor.
1. Spielberger CD, Reheiser EC. Assessment of Emotions: Anxiety, Anger, Depression, and Curiosity. Applied Psychology: Health and Well-Being. 2009;1(3):271–302. https://doi.org/10.1111/j.1758-0854.2009.01017.x
2. Fleeson W. Toward a Structure- and Process-Integrated View of Personality: Traits as Density Distributions of States. Journal of Personality and Social Psychology. 2001;80(6):1011–1027. https://doi.org/10.1037/0022-3514.80.6.1011
3. Specht J, Egloff B, Schmukle SC. Stability and Change of Personality Across the Life Course: The Impact of Age and Major Life Events on Mean-Level and Rank-Order Stability of the Big Five. Journal of Personality and Social Psychology. 2011;101(4):862–882. https://doi.org/10.1037/a0024950
4. Ormel J, Oldehinkel AJ, Vollebergh W. Vulnerability Before, During, and After a Major Depressive Episode: A 3-Wave Population-Based Study. Archives of General Psychiatry. 2004;61(10):990–996. https://doi.org/10.1001/archpsyc.61.10.990
