Cuando poner un nombre a lo que ocurre pasa a formar parte de lo que ocurre.
Imaginemos a una persona que lleva años intentando explicarse por qué determinadas situaciones le resultan tan difíciles. Puede haberse descrito como insegura, demasiado sensible, incapaz de controlar la preocupación o sencillamente rara. Un día recibe un diagnóstico. En ese momento no han cambiado de golpe sus síntomas, su biografía ni su cerebro. Pero sí ha aparecido algo nuevo: una manera distinta de ordenar lo que le sucede.
El nombre puede aliviar. Experiencias que parecían inconexas adquieren cierta continuidad; algo que se vivía como un defecto moral empieza a entenderse como un problema reconocible y, quizá, tratable. También puede ocurrir lo contrario. La persona puede empezar a mirar bajo esa categoría episodios de su pasado que nunca había considerado síntomas, o imaginar su futuro a partir de lo que ha leído sobre quienes tienen el mismo diagnóstico. En ambos casos, el diagnóstico ha dejado de ser una descripción exterior. Ha entrado en la historia.
Ian Hacking dedicó buena parte de su obra a una pregunta que, en psiquiatría, resulta especialmente incómoda: ¿qué ocurre cuando clasificamos a personas capaces de conocer la clasificación, interpretarla y actuar a partir de ella? A esa interacción entre las categorías y las personas clasificadas la llamó «efecto de bucle». La idea no es que alguien reciba una etiqueta y empiece dócilmente a comportarse como dice el manual. Es bastante más amplia.
Hacking insistió además en que no interactúan solamente una palabra y una persona. En el proceso intervienen la clasificación, quienes son clasificados, las instituciones, el conocimiento que circula sobre la categoría y los profesionales que lo producen o aplican. Ese conocimiento puede ser especializado, pero también popular. Una categoría diagnóstica, por tanto, no llega sola. Llega acompañada de explicaciones sobre qué significa, qué puede esperarse y qué clase de vida parece compatible con ella. Hoy esa circulación es especialmente visible porque parte de ese conocimiento se encuentra a unos segundos de distancia en un buscador, un foro o una red social.
Pensemos en dos respuestas posibles ante un mismo diagnóstico. Para una persona, saber que lo que le sucede tiene nombre puede disminuir la culpa, facilitar que pida ayuda o hacer que una recaída parezca algo abordable. Para otra, el mismo nombre puede convertirse en una explicación demasiado completa: «soy así», «esto siempre será así», «no puedo hacer determinadas cosas porque tengo esto». Ninguna de esas respuestas está contenida obligatoriamente en el diagnóstico. Pero ambas pueden influir en lo que la persona haga a continuación y, por esa vía, en lo que ocurra después.
Hay datos que muestran esa variedad sin permitir convertirla en una ley general. Schnell y sus colaboradores desarrollaron un cuestionario para estudiar cómo responden las personas a conocer su diagnóstico psiquiátrico. Encontraron estilos que iban desde una mayor autoaceptación y sensación de capacidad para cambiar hasta la sobreidentificación o el autoestigma. El diseño era transversal: no demuestra que comunicar un diagnóstico produzca después una trayectoria clínica determinada. Sí muestra algo más modesto y relevante para esta pregunta: recibirlo no es necesariamente un acontecimiento psicológicamente neutro.
La identidad aparece aquí de una forma bastante concreta. Un diagnóstico ofrece un vocabulario con el que releer la propia biografía. Aquel aislamiento de la adolescencia, aquella forma de estudiar, una ruptura, años de preocupación o determinadas dificultades sociales pueden adquirir un significado nuevo. Esa relectura puede ser esclarecedora. También puede estrechar la historia hasta convertir retrospectivamente cada rasgo en una manifestación de la enfermedad. No hay una regla que permita decidir de antemano cuál de las dos cosas ocurrirá.
Esto se ve con especial claridad cuando el diagnóstico cambia. O’Connor y sus colaboradores entrevistaron a 27 adultos que habían pasado por modificaciones diagnósticas. Las experiencias dependían mucho de cómo interpretaban el cambio. Cuando se vivía como la corrección de un diagnóstico equivocado aparecían con frecuencia alivio y una nueva comprensión de la propia vida; cuando se acumulaban sucesivos diagnósticos podían aparecer frustración, desmoralización y desconfianza hacia los profesionales. Un cambio entendido como evolución gradual solía resultar bastante menos disruptivo. La categoría concreta importaba, pero importaba también la historia que explicaba por qué esa categoría había cambiado.
Por eso el bucle tampoco ocurre únicamente dentro de la cabeza del paciente. Una familia puede empezar a interpretar de otro modo ciertas conductas. Un profesional puede prestar atención a unos fenómenos y no a otros. El diagnóstico puede abrir el acceso a un tratamiento, una prestación o una adaptación laboral. También puede cambiar lo que los demás esperan de esa persona. Después, esas nuevas circunstancias producen conductas y experiencias que volvemos a observar clínicamente. Parte de lo que encontramos meses o años más tarde puede haber sido influido por ese entramado.
Nada de esto obliga a concluir que el trastorno haya sido creado por el diagnóstico. Hacking tampoco proponía una historia idéntica para todas las clasificaciones: insistía en que el peso de personas, instituciones, conocimiento y expertos cambia de un caso a otro. Y trabajos posteriores han discutido que los efectos de bucle vuelvan necesariamente inestables todas las categorías humanas. El argumento es más útil si no lo convertimos en una teoría universal.
Basta con una tesis más limitada. En algunos casos, la clasificación puede convertirse en una variable más dentro de aquello que intentamos comprender. El diagnóstico pretende describir y ordenar una situación clínica; después circula, se interpreta, modifica decisiones y entra en relaciones e instituciones. A veces ofrece alivio y posibilidades nuevas. Otras veces introduce límites que antes no estaban formulados de ese modo.
Por eso comunicar un diagnóstico no consiste únicamente en elegir el nombre que mejor encaja al final de una evaluación. También es introducir una información que la persona puede utilizar para entenderse. Cuando volvamos a verla meses después habrán ocurrido muchas cosas: tratamiento, acontecimientos vitales, conversaciones, decisiones. Entre ellas puede estar también lo que esa persona hizo con el diagnóstico que recibió.
Referencias
1. Hacking I. The looping effects of human kinds. En: Sperber D, Premack D, Premack AJ, eds. Causal Cognition: A Multidisciplinary Debate. Oxford University Press; 1996:351–394. doi:10.1093/acprof:oso/9780198524021.003.0012.
2. Hacking I. Kinds of People: Moving Targets. Proceedings of the British Academy. 2007;151:285–318. doi:10.5871/bacad/9780197264249.003.0010.
3. Schnell T, Kehring A, Moritz S, Morgenroth O. Patients responses to diagnoses of mental disorders: Development and validation of a reliable self-report measure. International Journal of Methods in Psychiatric Research. 2021;30(1):e1854. doi:10.1002/mpr.1854.
4. O’Connor C, Seery C, Young C. How Does It Feel to Have One’s Psychiatric Diagnosis Altered? Exploring Lived Experiences of Diagnostic Shifts in Adult Mental Healthcare. Frontiers in Psychiatry. 2022;13:820162. doi:10.3389/fpsyt.2022.820162.
5. Tsou JY. Hacking on Looping Effects and Kinds of People. The Monist. 2025;108(4):421–436. doi:10.1093/monist/onaf024.
