Estar mejor y reconocerse en ese cambio.
«Ahora puedo volver a hacer mi vida» y «ahora hago mi vida, pero no me siento yo» son dos frases que podrían aparecer al valorar un tratamiento. Las construyo aquí como ejemplos, no como citas de pacientes. En ambas hay un cambio en el funcionamiento; su significado, sin embargo, es muy diferente. Para la primera persona, la mejoría permite recuperar algo propio. Para la segunda, lo que desde fuera parece una mejoría va acompañado de una pérdida.
No podemos resolver esa diferencia decidiendo de antemano qué debería producir un antidepresivo. Tampoco basta con contar actividades: acudir al trabajo, quedar con amigos o responder mensajes no nos dice cómo se viven esas acciones. El problema aparece cuando la evaluación de síntomas deja sin nombrar aquello que hace que el cambio resulte aceptable, extraño o ambivalente para quien lo experimenta.
Una encuesta neozelandesa analizada por Kerry Gibson y sus colaboradores recogió 1.747 respuestas abiertas sobre el lugar de los antidepresivos en la vida de sus usuarios. Aparecían relatos de alivio y recuperación de posibilidades, otros de efectos indeseados y pérdida de autenticidad emocional, y también experiencias mixtas. La muestra era autoseleccionada: sus porcentajes no permiten estimar cómo se sienten todos los usuarios. Su interés para esta pregunta está en que beneficio y extrañamiento podían coexistir en un mismo relato. 1
Pensemos en un ejemplo hipotético. Después de un periodo de depresión, alguien vuelve a escuchar música con interés y deja de anticipar cada encuentro como un esfuerzo imposible. Dice que se reconoce de nuevo. No está reclamando una personalidad completamente invariable; reconoce una relación con actividades y personas que había dejado de estar disponible.
Ahora imaginemos otro cambio. Disminuye el sufrimiento, pero la persona nota también que acontecimientos que considera importantes apenas la conmueven. No le basta con que se le explique que está más tranquila. Puede valorar esa tranquilidad y, a la vez, echar de menos una intensidad afectiva que no desea perder. En este ejemplo, «estar menos mal» no termina de describir lo que quiere del tratamiento.
Surge una dificultad inmediata: ¿sabemos que el medicamento ha causado ese cambio? La sucesión temporal ofrece una pista, no una respuesta completa. Durante el tratamiento también puede cambiar la depresión, el sueño, la situación vital o la manera de interpretar lo vivido. Antes de atribuirlo todo al fármaco necesitamos reconstruir cuándo apareció la experiencia y cómo se relaciona con el resto de la evolución.
El embotamiento emocional muestra por qué esa distinción no es una precaución vacía. Peters y sus colaboradores analizaron tres ensayos de ocho semanas con distintos antidepresivos. En promedio mejoró la puntuación con la que evaluaron la dificultad para sentir, sin detectar un empeoramiento significativo atribuible a los medicamentos estudiados. Los autores consideraron que, en aquel contexto, parte del embotamiento podía corresponder a síntomas residuales. Pero lo midieron mediante un único ítem y el seguimiento fue breve: el estudio no excluye experiencias individuales ni permite resolver lo que sucede durante tratamientos prolongados. 2
Podemos, por tanto, tomar en serio la queja sin dar por establecida su causa. Y podemos discutir la causa sin tratar la queja como una equivocación. Son dos trabajos distintos. Que todavía no sepamos qué ha producido la distancia emocional no vuelve irrelevante que la persona la experimente.
Hay otra cuestión menos evidente. Cuando alguien dice que ya no se siente él mismo, ¿con qué versión de sí se está comparando? Con la de antes del episodio, quizá; pero también con la de una juventud idealizada, con una personalidad que siempre ha descrito como ansiosa o con la imagen que su familia espera conservar. No hay una respuesta que sirva para todos esos casos.
Supongamos que, en nuestro ejemplo, una persona ha dejado de preocuparse durante horas por cada decisión. La preocupación era dolorosa, pero había llegado a identificarla con ser responsable. Al disminuir, teme volverse indiferente. No podemos deducir solo de ese temor que se haya perdido una capacidad valiosa; habría que ver si sigue atendiendo a sus compromisos y qué entiende por responsabilidad. También sería un error concluir automáticamente que toda inquietud sobre el cambio es resistencia a mejorar.
El significado de tomar medicación puede influir en esa valoración. En un estudio cualitativo con mujeres que llevaban entre uno y cuatro años usando ISRS, Pia Knudsen y sus colaboradoras examinaron cómo cambiaba la imagen de sí mismas durante su experiencia como usuarias. La valoración social y la posibilidad de funcionar en la vida cotidiana formaban parte de los relatos. No estudiaban una sustancia capaz de revelar el «yo auténtico», sino cómo las personas interpretaban su situación y su necesidad de ayuda. 3
Esto introduce una distinción útil: sentirse cambiado por un tratamiento y sentirse inferior por necesitarlo no son el mismo problema. En el segundo caso, puede estar operando una idea exigente de autonomía: si necesito una ayuda externa, lo que consigo vale menos. Esa conclusión no se sigue del hecho de recibir ayuda. Aprender, recuperarse de una lesión o sostener una relación también depende de condiciones que no producimos solos.
A la vez, sería poco serio utilizar ese argumento para descartar cualquier preocupación sobre efectos indeseados. No hay que escoger entre afirmar que toda medicación falsifica la personalidad y afirmar que toda mejoría equivale a recuperar a la persona verdadera. Ambas respuestas cierran demasiado pronto una conversación que necesita detalles.
Para valorar el cambio no hace falta resolver primero una teoría general de la identidad. Qué sufrimiento ha disminuido, qué capacidades han vuelto, qué experiencias se echan de menos y qué cambios resultan importantes para esa persona son preguntas examinables. Algunas respuestas requerirán revisar la evolución clínica; otras, discutir expectativas y prioridades. El artículo no permite decidir una pauta farmacológica ni sustituye esa evaluación individual.
Lo interesante es que tampoco hay obligación de terminar exactamente como antes. Alguien puede recuperar el interés por los demás y decidir, al mismo tiempo, que no quiere volver a la vida que llevaba. Un tratamiento no necesita restaurar todas las costumbres anteriores para haber ayudado. Pero la mejora tampoco debería darse por completa porque resulte más cómodo convivir con la persona o porque cumpla mejor con lo que otros esperan.
Referencias
1. Gibson K, Cartwright C, Read J. ‘In my life antidepressants have been…’: a qualitative analysis of users’ diverse experiences with antidepressants. BMC Psychiatry. 2016;16:135. Consultar fuente
2. Peters EM, Balbuena L, Lodhi RJ. Emotional blunting with bupropion and serotonin reuptake inhibitors in three randomized controlled trials for acute major depressive disorder. Journal of Affective Disorders. 2022;318:29–32. Consultar fuente
3. Knudsen P, Hansen EH, Traulsen JM, Eskildsen K. Changes in Self-Concept While Using SSRI Antidepressants. Qualitative Health Research. 2002;12(7):932–944. Consultar fuente
Lectura relacionada: Qualia y experiencia subjetiva en psicopatología.
