Psiquiatría | Conceptos

Historia, filosofía y psicopatología

Iván Lerma Carrillo · Médico psiquiatra


Experiencia subjetiva de la manía

Escalera de mano dibujada a tinta, con dos peldaños flotando por encima de sus largueros.

Cuando el cambio preocupa más a los demás que a quien lo vive.

«Por fin vuelvo a ser yo», dice una persona. «Nunca había sido así», responde su pareja. Son dos frases inventadas, pero plantean una dificultad que merece atención: el mismo cambio puede sentirse como una recuperación desde dentro y parecer una ruptura desde fuera. No tenemos todavía elementos para decidir quién describe mejor lo que sucede. Sí tenemos un problema que no resolveremos preguntando solamente si la persona se encuentra bien.

En la manía pueden aumentar de forma marcada la energía y la actividad, disminuir la necesidad de dormir y cambiar la velocidad del pensamiento, la confianza y la disposición a asumir riesgos. El ánimo puede ser expansivo, pero también irritable. Por eso sería engañoso describirla como una felicidad demasiado intensa: hablamos de una alteración más amplia, con repercusiones importantes en el funcionamiento. 1

Me interesa detenerme en la confianza. Normalmente, para emprender algo, necesitamos cierto convencimiento de que podremos hacerlo. También nos ayudan las dudas: obligan a calcular un presupuesto, escuchar una objeción o aceptar que hoy no tenemos fuerzas. En un ejemplo hipotético de manía, lo que desaparece no tiene que ser la capacidad de enumerar dificultades. Puede cambiar el peso que se les concede. La persona sabe que abrir un negocio exige dinero y tiempo, pero está tan segura del éxito que esos obstáculos parecen asuntos menores, casi trámites.

Desde esa posición, las advertencias pueden sonar extrañas. Quien pide esperar no parece prudente, sino incapaz de entender una oportunidad evidente. La discusión se complica porque no se está discutiendo únicamente sobre un plan: también sobre la confianza con la que se juzga ese plan. Si cada objeción se interpreta como falta de imaginación de los demás, resulta difícil que la conversación introduzca un límite.

En este ejemplo, actividad y libertad no son necesariamente equivalentes. Una persona puede iniciar muchas cosas y tener cada vez menos margen para detenerse, escoger entre ellas o renunciar a una idea. La cantidad de proyectos no nos dice todavía cuánto gobierno mantiene sobre su conducta.

También aquí hay que resistir una simplificación: no todo lo que ocurre durante un episodio se vive de manera agradable. En un pequeño estudio cualitativo, Russell y Moss entrevistaron a cuatro personas con diagnóstico bipolar sobre manía y felicidad. Sus relatos no las trataban como experiencias intercambiables: junto a las posibles valoraciones positivas de la elevación aparecían el caos y la ruptura, mientras que la felicidad podía asociarse a aceptación y conexión con los demás. El tamaño del estudio impide convertirlo en un retrato general, pero pone en dificultades la imagen de una felicidad que el médico vendría a interrumpir. 2

La irritabilidad introduce otra manera de vivir esa ruptura. En lugar de sentirse extraordinariamente contento, alguien puede experimentar a los demás como insoportablemente lentos, desconfiados o entrometidos. La misma conversación que antes toleraba se vuelve un obstáculo. La presencia de irritabilidad no permite diagnosticar manía por sí sola; adquiere sentido al examinar el cambio conjunto, su duración y sus consecuencias. 1

Surge entonces una objeción importante. También podemos sentirnos entusiasmados, dormir poco una noche y tomar decisiones que nuestra familia considera imprudentes sin estar enfermos. No sería aceptable convertir la preocupación de los allegados en una prueba suficiente. La discrepancia señala algo que investigar; no concede automáticamente la razón a quien observa desde fuera.

Para valorar el ejemplo del negocio, habría que reconstruir hechos que ninguna de las dos descripciones iniciales contiene: qué compromisos se han adquirido, qué cambios se han producido respecto a semanas anteriores, si es posible posponer una decisión, qué ha ocurrido con el descanso y qué consecuencias están apareciendo. «Me siento capaz» y «te veo cambiado» son informaciones relevantes, pero ninguna permite prescindir de ese trabajo.

Tampoco la versión anterior de la persona funciona como una medida perfecta. Alguien puede cambiar legítimamente de profesión, de relaciones o de prioridades. Comparar con su funcionamiento anterior ayuda a reconocer una alteración; no convierte en patológico cualquier alejamiento de su forma habitual de vivir. La valoración necesita el conjunto clínico, no solo que las decisiones sorprendan a quienes lo conocen.

La dificultad continúa cuando el episodio ha pasado. ¿Qué hacer con los proyectos que entonces parecían evidentes? No basta con clasificarlos todos como ocurrencias enfermas. Un interés puede ser genuino y haber sido desarrollado de una manera desproporcionada; otro puede perder por completo su atractivo. Revisarlos exige distinguir el contenido de la idea, la urgencia con la que se llevó a cabo y la valoración que merece en otro momento.

Un estudio de 2023 con veinticuatro adultos con trastorno bipolar y seis cuidadores mostró una preocupación relacionada: algunos participantes describían dificultades para diferenciar sus preferencias y su conducta de aquello que atribuían al diagnóstico. Los autores recogieron también el malestar de que otros interpretaran gestos cotidianos a través de la sospecha de un episodio. Son experiencias de una muestra concreta, no un destino inevitable; muestran, sin embargo, que el diagnóstico puede ayudar a entender un cambio y también convertirse en una vigilancia que lo tiñe todo. 3

Sería un mal resultado que, después de una manía, cualquier entusiasmo tuviera que defenderse de una sospecha. También lo sería evitar hablar de cambios importantes para no incomodar. Hace falta un criterio más concreto que «pareces demasiado feliz»: comparar hechos, reconocer señales relevantes en esa historia y dejar espacio para que la persona pueda discrepar sin que la discrepancia se convierta por sí misma en otro síntoma.

En el caso hipotético del negocio, después del episodio quedaría una tarea concreta: revisar qué parte del proyecto sigue interesando, qué compromisos se adquirieron y cuáles pueden sostenerse. Que la idea apareciera durante la manía no decide por sí solo su valor. La urgencia con la que se puso en marcha, en cambio, merece examinarse antes de confundirla con la fuerza de una vocación.

Referencias

1. National Institute of Mental Health. Bipolar Disorder. Información institucional sobre episodios, síntomas y evaluación. Consultar fuente

2. Russell L, Moss D. High and happy? Exploring the experience of positive states of mind in people who have been given a diagnosis of bipolar disorder. Psychology and Psychotherapy. 2013;86(4):431–446. Consultar fuente

3. Siegel-Ramsay JE, et al. Experiences that matter in bipolar disorder: a qualitative study using the capability, comfort and calm framework. International Journal of Bipolar Disorders. 2023;11:13. Consultar fuente

Lectura relacionada: Rasgo y estado en psicopatología.

Iván Lerma Carrillo · Historia, filosofía y psicopatología