Psiquiatría | Conceptos

Historia, filosofía y psicopatología

Iván Lerma Carrillo · Médico psiquiatra


Tratamiento moral y asilo terapéutico

Fachada de un edificio institucional, un árbol estrecho y un camino que llega hasta la puerta.

Cuando cambiar la vida cotidiana formaba parte de la promesa de curar.

En 1813, Samuel Tuke describió a un hombre cuya agitación había empeorado mientras se intentaba tratarlo restringiendo su alimentación. En el Retiro de York siguieron el camino contrario: le permitieron comer de manera suficiente. Tuke contó que el apetito, inicialmente desmesurado, se fue normalizando y que el hombre mejoró sin recibir medicación. El pasaje, conservado por el archivo de la Universidad de York, forma parte de una defensa de la importancia del cuidado cotidiano. Es una observación histórica de Tuke, no una prueba experimental de que la alimentación explicara por sí sola la evolución. 1

El episodio obliga a hacerse una pregunta incómoda. ¿Cuánto de lo que se estaba tratando como expresión de la enfermedad podía estar siendo agravado por la manera de atender al enfermo? No hace falta concluir que todo dependía del entorno para advertir el problema. Basta con reconocer que el cuidado y el daño podían mezclarse dentro de una misma intervención considerada razonable.

La expresión tratamiento moral puede desconcertar hoy. Invita a imaginar una corrección de las malas costumbres, cuando su campo histórico incluía también los afectos, los hábitos, las ocupaciones y las relaciones. En el modelo que Tuke defendía, la comida, el trato y la organización de la vida cotidiana no eran accesorios de una cura que sucedía en otro lugar. Formaban parte de aquello mediante lo cual se esperaba ayudar. 1

Esta manera de entender el tratamiento ampliaba la responsabilidad del establecimiento. Si las condiciones en las que vivía alguien podían contribuir a su malestar o a su mejoría, ya no bastaba con preguntarse qué sustancia administrar. Había que examinar cómo se le hablaba, qué podía hacer durante el día y qué respuesta recibía cuando se mostraba agitado.

También abría una dificultad. Quien organizaba esas condiciones decidía buena parte de la vida de otra persona. El mismo poder que permitía ofrecer alimento, descanso y actividades hacía posible imponer horarios, restringir movimientos y decidir cuándo un comportamiento resultaba aceptable. Que una medida se adoptase con una intención terapéutica no resolvía por sí solo qué efectos producía ni cómo era vivida.

La discusión sobre las sujeciones hizo visible esa tensión. En 1839, John Conolly introdujo en Hanwell un régimen de eliminación de la contención mecánica, siguiendo reformas iniciadas en Lincoln. Pero renunciar a correas y dispositivos no significó renunciar a toda imposición. La investigación histórica de Leslie Topp reconstruye una inspección de 1843: varias cuidadoras encerraron por la fuerza a una mujer que, según el informe, mordía y se hacía daño. No habían encontrado a nadie sujeto mediante dispositivos. 2

Las dos observaciones podían ser verdaderas a la vez. Había desaparecido una forma de restricción y continuaba otra. Llamar a aquello un cambio meramente aparente borraría la importancia de dejar de sujetar físicamente a los pacientes. Presentarlo como desaparición de toda coerción borraría lo que acababa de suceder ante los inspectores. La necesidad de responder a una situación peligrosa no resolvía por sí sola cuál era la mejor respuesta. Para juzgar la reforma hacía falta precisar qué había cambiado.

Conolly justificaba el aislamiento, en determinadas circunstancias, como una forma de reducir estímulos y favorecer la calma. Otros reformadores discutían su necesidad: en Lincoln se ensayaron maneras de afrontar la agitación sin recurrir a la habitación cerrada. El desacuerdo no enfrentaba simplemente a quienes querían cuidar con quienes querían castigar. Existía también dentro del movimiento que pretendía abandonar las sujeciones. 2

Ese detalle impide contar la historia como si solo nosotros, desde el presente, pudiéramos advertir el problema. Sus contemporáneos discutían qué restricciones eran necesarias y qué alternativas podían sostenerse. La cuestión no era únicamente el nombre de una práctica. También importaba disponer de personas, espacios y una organización capaz de hacer algo distinto.

Desde la posición del médico, una habitación silenciosa podía formar parte de un tratamiento. Desde la de quien era llevado hasta ella por la fuerza, el hecho decisivo podía ser no poder salir. Son perspectivas que no se anulan mediante una buena intención. Explicar la finalidad de una intervención no elimina la necesidad de examinar el procedimiento y la experiencia de quien la recibe.

Tampoco una mejoría posterior resolvería por sí sola todas esas preguntas. Para atribuirla a una medida concreta habría que distinguir su efecto de otros cambios y de la evolución del cuadro. Y aunque una intervención resultara beneficiosa en algún aspecto, todavía quedaría discutir sus costes y si existían alternativas menos restrictivas. Eficacia, justificación y modo de aplicación no son nombres distintos para la misma evaluación.

La promesa del asilo terapéutico contenía, por tanto, una exigencia mayor que la de ser un refugio. Afirmaba que el modo de vivir dentro de él podía contribuir a mejorar. Esa afirmación hacía necesario observar los detalles cotidianos, pero también someter a examen la autoridad que los organizaba. No todo lo que sucedía en un lugar creado para curar adquiría, por ello, valor terapéutico.

El episodio de la alimentación y la controversia sobre el aislamiento muestran dos maneras de poner a prueba esa promesa. En el primero, Tuke describe una mejoría tras dejar de hacer algo que agravaba el estado del enfermo. En la segunda, los reformadores discrepan sobre qué abandonar y qué conservar. La historia gana interés cuando atendemos a esas diferencias: cómo supieron que una práctica ayudaba, qué estaban dispuestos a cambiar y qué condiciones necesitaban para sostener otra forma de cuidado.

Referencias

1. Tuke S. Description of the Retreat, an Institution near York, for Insane Persons of the Society of Friends. York: W. Alexander; 1813. Pasaje de la p. 125 y contexto documental reproducidos por el Borthwick Institute for Archives, University of York. Consultar fuente

2. Topp L. Single rooms, seclusion and the non-restraint movement in British asylums, 1838–1844. Social History of Medicine. 2018;31(4):754–773. Consultar fuente

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