Qué ocurre cuando dejamos de participar y empezamos a sentirnos expuestos.
Hay una diferencia entre equivocarse al hablar y sentir que uno mismo ha quedado en evidencia. Podemos corregir una fecha, cambiar una palabra y continuar. En otra ocasión, un error parecido hace que dejemos de atender a la conversación: nos preocupa cómo ha sonado la voz, dónde colocar las manos y qué estarán pensando los demás. El asunto que discutíamos pasa a segundo plano. Ahora el problema parece ser nuestra presencia allí.
Esta escena es hipotética. La propongo porque «tener baja autoestima» resulta una descripción demasiado general para lo que acaba de ocurrir. La persona no ha tenido tiempo de elaborar una teoría sobre su valor. Ha cambiado su manera de encontrarse ante los otros. Algo que hacía con cierta soltura empieza a exigir vigilancia.
Thomas Fuchs ha descrito la vergüenza desde esa transformación corporal. Mientras estamos implicados en una actividad, no solemos inspeccionar cada gesto que hacemos; en la vergüenza podemos sentir el cuerpo como algo expuesto, visible y difícil de manejar. Su interpretación fenomenológica dirige la atención hacia ese paso del cuerpo con el que actuamos al cuerpo que sentimos observado. Es una descripción de la vivencia, no una explicación causal del trastorno. 1
En el ejemplo, decirle a la persona que nadie ha notado nada puede ser tranquilizador, pero no responde a toda la dificultad. Lo que teme quizá no sea solamente que hayan oído la palabra equivocada. Puede sentir que el tropiezo ha revelado algo sobre ella: que es incompetente, ridícula o incapaz de estar a la altura. La corrección del dato no deshace necesariamente esa interpretación.
Conviene separar esas dos afirmaciones. Haber cometido un error es una descripción de un acto. Considerarse alguien indigno de participar es una valoración mucho más amplia. La segunda no se demuestra mediante la primera, aunque en la experiencia puedan quedar estrechamente unidas. Esta distinción permite discutir un juicio sobre uno mismo sin negar que el momento haya sido doloroso.
Pero sería igualmente equivocado suponer que toda vergüenza nace de una interpretación defectuosa. Imaginemos ahora que alguien ha sido ridiculizado de verdad en una reunión. No resolveríamos la situación enseñándole a pensar que los demás no lo juzgan. En este segundo ejemplo, parte del problema está en lo ocurrido entre las personas. Una explicación centrada exclusivamente en la autoestima correría el riesgo de convertir el trato recibido en una dificultad privada de quien lo soporta.
La vergüenza tampoco demuestra culpabilidad. Puede dar vergüenza necesitar ayuda, no tener dinero para una actividad o padecer una dificultad que se intenta ocultar. Ninguna de esas situaciones acredita una falta moral. La experiencia informa de cómo se vive una exposición o una descalificación; no decide si esa descalificación está justificada. La relación entre vergüenza, estigma y condiciones sociales ocupa precisamente un lugar central en la propuesta de Luna Dolezal y Barry Lyons sobre su importancia para la salud. 2
Hay una consecuencia particularmente incómoda para la consulta. Pedimos que una persona explique lo que más le cuesta contar, pero el hecho de explicarlo puede ser parte de lo que teme. Un silencio podría significar que no sabe cómo decirlo. También podría ser un intento de evitar que, al decirlo, cambie para siempre la opinión que el profesional tiene de ella. No podemos decidir entre esas posibilidades mirando únicamente cuánto tarda en responder.
Dolezal y Lyons señalan que la vergüenza merece estudiarse en la relación asistencial, entre otras razones porque puede intervenir en la evitación y en la comunicación de problemas de salud. Su propuesta no permite atribuirle cualquier ausencia a una cita. Obliga a considerar una posibilidad que se pierde cuando la falta de asistencia se interpreta únicamente como desinterés. 2
Aun así, no toda vergüenza conduce a retirarse. Colin Wayne Leach y Atilla Cidam reunieron noventa muestras en un metaanálisis y encontraron que su relación con las respuestas constructivas dependía, entre otras cosas, de que el fallo o la imagen social parecieran reparables. Cuando había una posibilidad de reparación, la asociación podía ser favorable a acercarse al problema; cuando no, podía ir en sentido contrario. El resultado cuestiona una oposición demasiado cómoda entre una culpa útil y una vergüenza siempre destructiva. 3
Ese dato no convierte la humillación en una herramienta educativa o terapéutica. Una asociación entre vergüenza y reparación no demuestra que provocar vergüenza sea una buena forma de conseguirla. Lo que cambia es la pregunta: además de cuánto malestar hay, importa qué posibilidades cree tener la persona después de lo ocurrido.
En la reunión del comienzo, quizá pueda reconocer el error, aclararlo y seguir siendo un miembro de la conversación. En otro contexto, puede sentir que cualquier intento de explicarse lo empeora: pedir disculpas confirma su torpeza, callarse lo hace parecer extraño y hablar de nuevo lo expone a otro fallo. En este caso hipotético, la dificultad no consiste solo en una valoración negativa; las salidas disponibles también parecen haberse reducido.
Podríamos llamar ansiedad a buena parte de ese malestar, pero perderíamos información si el nombre sustituyera a la descripción. Temer una consecuencia futura y sentirse ya degradado ante otro no son exactamente lo mismo. Pueden coexistir, y no necesitamos repartirlos en casillas rígidas para advertir que requieren ser comprendidos de manera diferente.
La situación clínica cambia cuando el profesional reconoce que su propia reacción forma parte de lo que está en juego. No basta con considerar absurda la preocupación por ser juzgado: la entrevista contiene, de hecho, una evaluación. La cuestión es qué se evalúa y cómo. Examinar un síntoma, una conducta o un riesgo no obliga a convertirlos en un veredicto sobre el valor de quien los cuenta.
En una conversación así, poder decir algo difícil sin perder por ello el derecho a ser escuchado tiene una importancia concreta. Permite que la información no llegue solo filtrada por el esfuerzo de parecer aceptable. La persona puede hablar de lo que le sucede, en vez de dedicar toda la entrevista a demostrar que merece estar allí.
Referencias
1. Fuchs T. The Phenomenology of Shame, Guilt and the Body in Body Dysmorphic Disorder and Depression. Journal of Phenomenological Psychology. 2002;33(2):223–243. Consultar fuente
2. Dolezal L, Lyons B. Health-related shame: an affective determinant of health? Medical Humanities. 2017;43(4):257–263. Consultar fuente
3. Leach CW, Cidam A. When is shame linked to constructive approach orientation? A meta-analysis. Journal of Personality and Social Psychology. 2015;109(6):983–1002. Consultar fuente
Lectura relacionada: Comprensión genética y explicación causal en Karl Jaspers.
