Psiquiatría | Conceptos

Historia, filosofía y psicopatología

Iván Lerma Carrillo · Médico psiquiatra


Inserción del pensamiento y experiencia de pertenencia

Cuaderno cerrado del que sobresale una hoja en blanco, dibujo minimalista en tinta negra sobre fondo marfil.

Cuando una idea aparece en la propia mente, pero deja de sentirse propia

Hay pensamientos que aparecen sin que los hayamos llamado. Estamos conduciendo y recordamos de pronto una conversación de hace diez años. Nos duchamos y encontramos la solución a un problema en el que llevábamos horas atascados. O, en el peor momento posible, se nos ocurre una idea absurda, desagradable o completamente inoportuna. No hemos decidido pensar ninguna de esas cosas. Aun así, hay algo que normalmente no ponemos en duda: son nuestros pensamientos.

Esa evidencia cotidiana vuelve especialmente desconcertante una de las experiencias clásicas de la psicopatología. Una persona puede contar que un pensamiento acaba de aparecer en su mente y, al mismo tiempo, sostener que no es suyo. No dice simplemente que no quería pensarlo, ni que le resulta extraño, ni que está en desacuerdo con él. Dice que no le pertenece. En algunos casos añade que alguien se lo ha introducido.

La inserción del pensamiento suele explicarse con una frase tan breve que casi hace desaparecer el problema: alguien cree que otra persona introduce pensamientos en su mente. Pero si empezamos por esa creencia quizá lleguemos demasiado tarde. Antes hay una pregunta bastante más rara: ¿qué tiene que ocurrir para que un pensamiento presente en mi propia conciencia deje de experimentarse como mío?

Conviene empezar por una distinción sencilla. Nosotros no fabricamos deliberadamente cada pensamiento que tenemos. La vida mental sería extrañísima si tuviéramos que decidir de antemano la siguiente palabra de nuestro monólogo interior, el recuerdo que va a aparecer o la asociación que una frase acaba de provocar. Muchas ideas llegan solas y nadie concluye por eso que procedan de otro.

Esto permite separar, al menos provisionalmente, dos cuestiones. Una es sentir que he iniciado o producido un pensamiento. Otra, sentir que ese pensamiento pertenece a mi propia vida mental. Para nombrarlas se han utilizado los términos agencia y pertenencia —o ownership—. La distinción resulta útil porque señala el problema, pero no lo resuelve. De hecho, algunos autores discuten que podamos dividir la experiencia del pensamiento de una forma tan limpia. Lo que sí sabemos es que la ausencia de una decisión consciente no basta para explicar la extrañeza. Si bastara con no haber elegido un pensamiento para sentirlo ajeno, pasaríamos buena parte del día atribuyendo nuestras ocurrencias a otras personas.

Pensemos en un ejemplo imaginario. A alguien le viene de repente la frase «tu hermano está enfermo». Puede asustarse, preguntarse por qué demonios se le ha ocurrido e incluso intentar apartarla. Todo eso sigue siendo compatible con reconocer: «se me ha pasado por la cabeza». En otra experiencia, las mismas palabras podrían presentarse de una manera distinta: no solo inesperadas, sino desgajadas del curso del pensamiento, como un contenido que está ahí sin la familiaridad con la que normalmente reconocemos nuestras propias ideas. La diferencia no está necesariamente en las palabras. Está en cómo aparecen.

La psicopatología clásica dio mucha importancia a esa alteración. Kurt Schneider reunió la inserción, la retirada y la difusión del pensamiento con otras experiencias en las que sentimientos, impulsos o acciones se viven como producidos o influidos desde fuera, y las incluyó entre sus llamados síntomas de primer rango. En ellas parecía alterarse algo que habitualmente damos por supuesto: el carácter de «mío» con el que se presentan pensamientos y actos.

Pero incluso dentro de esta familia conviene distinguir. No es exactamente lo mismo sentir que alguien influye en mis pensamientos que experimentar que determinados pensamientos no son míos en absoluto. Mullins y Spence encontraron que la definición más estrecha de inserción puede reconocerse con bastante consistencia, mientras que alrededor de ella existe un territorio mucho menos estable de pensamiento influido, hecho, pasivo o alienado. Las palabras se parecen; las experiencias quizá no.

Durante años se enseñó además que los síntomas de primer rango tenían un valor privilegiado para diagnosticar esquizofrenia. Hoy no pueden sostenerse como un marcador específico. Las revisiones disponibles muestran que ni aparecen en todas las personas con esquizofrenia ni son exclusivos de ella. En un estudio amplio de Peralta y Cuesta, la sensibilidad fue del 58 % y la especificidad del 65 % para diferenciar esquizofrenia de otros trastornos psicóticos. El interés de la inserción del pensamiento no está, por tanto, en funcionar como una contraseña diagnóstica. Está en el tipo de experiencia que obliga a describir.

Aquí aparece una comparación útil con las obsesiones. Una obsesión también puede irrumpir sin permiso, ser completamente contraria a lo que una persona desea y producir un rechazo enorme. Sin embargo, los pensamientos obsesivos suelen seguir reconociéndose como pensamientos propios, aunque resulten intrusivos y difíciles de controlar. Esa comparación no crea una frontera perfecta entre fenómenos; sirve para precisar una diferencia. Involuntario no significa necesariamente ajeno.

La frontera real, además, no llega a consulta con palabras de manual. Ajeno, impuesto, intrusivo, como una voz: una misma persona puede utilizar varias expresiones mientras intenta explicar qué le sucede. Por eso tampoco está del todo claro si la inserción del pensamiento debe definirse desde el principio como una creencia —«alguien me lo ha puesto»— o si, en algunos casos, conviene separar una experiencia previa de extrañeza y la explicación que se construye después. Esa discusión lleva abierta décadas.

La relación con las voces complica todavía más el asunto. ¿Qué diferencia hay entre un pensamiento que alguien vive como puesto por otro y una voz que no tiene sonido? Matthew Ratcliffe y Sam Wilkinson han defendido que algunos casos que llamamos inserción del pensamiento podrían entenderse mejor como contenidos que se presentan de una manera casi perceptiva, parecida a ciertas alucinaciones verbales. No sería simplemente «mi pensamiento producido por otro», sino algo que aparece en la conciencia con un modo de presencia distinto al del pensamiento ordinario.

La propuesta es discutible, pero señala algo importante. Nuestra clasificación separa pensamientos, voces, creencias y percepciones porque necesitamos palabras para trabajar. La experiencia puede no respetar exactamente esas fronteras. Una persona quizá diga primero que «le ponen frases» y, después de varios minutos, explique que no las escucha, pero que tampoco se parecen a sus pensamientos. Si decidimos demasiado pronto qué fenómeno es, corremos el riesgo de traducir su descripción a una categoría antes de haberla entendido.

También se ha intentado explicar la inserción mediante mecanismos de control. En los movimientos voluntarios, el sistema nervioso anticipa algunas consecuencias de una acción propia. Esa predicción participa en la distinción entre lo que hacemos nosotros y lo que ocurre desde fuera. A partir de esta idea surgieron modelos según los cuales un fallo en sistemas de monitorización podría hacer que determinadas acciones —y, por extensión, determinados pensamientos— perdieran su sensación de autoría.

La analogía es atractiva hasta que se mira de cerca. Mover una mano y pensar no son la misma clase de acontecimiento. Antes de levantar un vaso existen señales motoras y unas consecuencias sensoriales que pueden compararse con lo esperado. No está nada claro que cada pensamiento tenga un equivalente de esa orden previa. De hecho, ya hemos visto que muchas ideas normales aparecen sin intención consciente y no por eso dejan de sentirse propias. Shaun Gallagher utilizó precisamente este problema para cuestionar la aplicación directa de los modelos de control motor a la inserción del pensamiento.

Otra posibilidad desplaza la pregunta. Tal vez no falte una supuesta «firma de autor» del pensamiento, sino la continuidad que normalmente lo enlaza con lo que veníamos pensando y viviendo. Jean-Remy Martin y Elisabeth Pacherie propusieron que algunos pensamientos insertados podrían experimentarse como causalmente descontextualizados: aparecen «de ninguna parte», sin integrarse en el conjunto de asociaciones, recuerdos, motivos y expectativas que suele hacer inteligible nuestro propio curso mental.

Esta idea se parece bastante a una experiencia ordinaria, pero llevada a otro lugar. Una ocurrencia inesperada puede sorprendernos y, sin embargo, encontrar enseguida un sitio: la palabra que la evocó, una preocupación que estaba rondando, algo que vimos hace un momento. Ni siquiera necesitamos conocer conscientemente todas esas conexiones. El pensamiento sencillamente encaja. La hipótesis es que, cuando esa inserción contextual falla de una manera más radical, lo que aparece puede adquirir una cualidad de acontecimiento ajeno.

Philipp Sterzer, Aaron Mishara y sus colaboradores intentaron traducir esa intuición a un modelo de procesamiento predictivo. Propusieron que una menor precisión de las expectativas contextuales podría hacer que ciertos acontecimientos mentales apareciesen como inesperados y especialmente salientes, y que la atribución a un agente externo fuese un intento posterior de explicar esa experiencia. La propuesta tiene interés porque no empieza diciendo «la persona cree algo falso», sino preguntando qué pudo cambiar antes en la forma de presentarse el pensamiento. Pero sigue siendo una propuesta teórica. No disponemos de un mecanismo neurobiológico demostrado que explique por sí solo la inserción del pensamiento.

Y quizá sea precisamente ahí donde el fenómeno resulta más interesante. Habitualmente no comprobamos que nuestros pensamientos son nuestros. No aparece una etiqueta de propiedad junto a cada frase mental. Tampoco solemos reconstruir quién la produjo antes de aceptarla como propia. Esa pertenencia está incorporada de una manera tan silenciosa al pensamiento normal que cuesta describirla hasta que encontramos a alguien para quien ha dejado de ser evidente.

Por eso, ante la frase «me meten pensamientos», saber quién supuestamente los introduce es solo una parte de la historia. Interesa también qué ocurre antes de esa conclusión: si las palabras aparecen con una cualidad casi perceptiva, si rompen el hilo de lo que se estaba pensando, si se viven simplemente como involuntarias o verdaderamente como ajenas. Dos personas pueden utilizar exactamente la misma expresión y estar intentando describir experiencias distintas.

Volvamos al principio. Que una idea aparezca sin permiso no tiene nada de extraordinario. Nos sucede al recordar, al imaginar, al preocuparnos y al obsesionarnos. La rareza de la inserción del pensamiento está en otro lugar: el pensamiento aparece en la propia conciencia y, sin embargo, ha perdido esa familiaridad silenciosa con la que normalmente reconocemos «esto lo estoy pensando yo».

Referencias

1. Mullins S, Spence SA. Re-examining thought insertion. British Journal of Psychiatry. 2003;182:293-298. doi:10.1192/bjp.182.4.293.

2. Gallagher S. Neurocognitive models of schizophrenia: a neurophenomenological critique. Psychopathology. 2004;37(1):8-19. doi:10.1159/000077014.

3. Nordgaard J, Arnfred SM, Handest P, Parnas J. The diagnostic status of first-rank symptoms. Schizophrenia Bulletin. 2008;34(1):137-154. doi:10.1093/schbul/sbm044.

4. Martin JR, Pacherie E. Out of nowhere: thought insertion, ownership and context-integration. Consciousness and Cognition. 2013;22(1):111-122. doi:10.1016/j.concog.2012.11.012.

5. Soares-Weiser K, Maayan N, Bergman H, et al. First Rank Symptoms for Schizophrenia. Schizophrenia Bulletin. 2015;41(4):792-794. doi:10.1093/schbul/sbv061.

6. Ratcliffe M, Wilkinson S. Thought Insertion Clarified. Journal of Consciousness Studies. 2015;22(11-12):246-269.

7. Sterzer P, Mishara AL, Voss M, Heinz A. Thought Insertion as a Self-Disturbance: An Integration of Predictive Coding and Phenomenological Approaches. Frontiers in Human Neuroscience. 2016;10:502. doi:10.3389/fnhum.2016.00502.

8. Peralta V, Cuesta MJ. Schneider’s first-rank symptoms have neither diagnostic value for schizophrenia nor higher clinical validity than other delusions and hallucinations in psychotic disorders. Psychological Medicine. 2023;53(6):2708-2711. doi:10.1017/S0033291720003293.

9. Campbell J. Mental agency and rational subjectivity. European Journal of Philosophy. 2024;32:363-382. doi:10.1111/ejop.12867.

Iván Lerma Carrillo · Historia, filosofía y psicopatología